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Lecturas largas, no publicaciones

Eclesiología, escatología y la filosofía que sostiene el liderazgo apostólico: escrito con calma y escrito para ser debatido.

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La misión de Dios en el Antiguo Testamento: un llamado a ser bendición

hace 2 horas
10 min de lectura




Introducción


La misión de Dios no es una innovación del Nuevo Testamento. Es la corriente más profunda que recorre toda la narración bíblica, desde el acto inicial de la creación hasta la visión escatológica de un cielo y una tierra restaurados. Leer el Antiguo Testamento en clave misiológica es descubrir que Dios siempre ha sido un Dios misionero: no en el sentido de enviar emisarios a tierras lejanas, sino en el sentido mucho más fundamental de iniciar, sostener y hacer avanzar un propósito redentor que abarca a todas las naciones y a toda la creación.¹

Este ensayo traza los contornos de esa misión a través de tres momentos decisivos del Antiguo Testamento: el pacto con Abraham en Génesis 12, el pacto del Sinaí en Éxodo 19 y el fracaso profético de Israel tal como lo diagnostica Ezequiel 36. En conjunto, estos textos revelan a un Dios que bendice para enviar, que redime para comisionar y que permanece fiel aun cuando su pueblo no lo es. Y apuntan, con claridad creciente, hacia Aquel en quien esta misión hallaría su cumplimiento definitivo.


Génesis 12:2–3: de la maldición a la bendición


El llamado de Abram debe leerse sobre el trasfondo de Génesis 3–11, un relato de fracasos humanos en cascada. La caída, el fratricidio de Caín, la corrupción de la generación del diluvio y la soberbia de Babel componen una historia de alejamiento progresivo de Dios, de los demás y del orden creado. A lo largo de estos capítulos, la raíz hebrea de maldecir aparece cinco veces, marcando la trayectoria de la humanidad lejos de la bendición divina que caracterizó la creación.²

Génesis 12 invierte esa trayectoria. Dios llama a Abram a salir de Ur y pronuncia una promesa de pacto en la que la raíz de bendecir aparece cinco veces, en deliberado contrapunto literario con la quíntuple maldición:

“Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra.” (Génesis 12:2–3, RVR1960)

La estructura de esta promesa es teológicamente reveladora. La bendición no es terminal: no se detiene en Abram como destino final. Pasa a través de él. Abram es bendecido para convertirse en cauce de bendición para “todas las familias de la tierra”. Como ha sostenido Walter Kaiser, este es el texto misionero fundacional del Antiguo Testamento: establece que el propósito redentor de Dios nunca se limitó a una sola familia o nación, sino que fue, desde su origen, universal en su alcance y en su intención.³

El análisis que Gordon Wenham hace de la sintaxis hebrea refuerza esta lectura. La forma nifal del verbo en “serán benditas en ti todas las familias de la tierra” tiene matices reflexivos y pasivos: sugiere tanto que las naciones hallarán bendición por medio de la descendencia de Abraham como que se reconocerán a sí mismas benditas en asociación con él.⁴ El pacto con Abraham no es, pues, una mera promesa de prosperidad nacional; es la carta fundacional de la misión global de Dios.


Éxodo 19:3–6: un reino de sacerdotes


La promesa hecha a Abraham encuentra su encarnación colectiva en el Sinaí. El libro de Éxodo narra la transformación de Israel de una comunidad de esclavos en un pueblo del pacto: redimido, constituido y habitado por Dios. Esta transformación se desarrolla en tres etapas que corresponden a la estructura misma del libro.

En Éxodo 1–18, Israel es un pueblo redimido: liberado de la opresión y la idolatría de Egipto por los actos poderosos de Dios. En Éxodo 19–24, Israel se convierte en un pueblo del pacto: constituido como nación bajo la ley de Dios y unido a él por un acuerdo solemne. En Éxodo 25–40, Israel se convierte en un pueblo de la presencia de Dios: se construye el tabernáculo y Dios habita en medio de ellos.⁵ Cada etapa profundiza la identidad de Israel y aclara el propósito para el cual fue llamado.

El texto central es Éxodo 19:3–6, donde Dios declara la vocación de esta nación recién formada:

“Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa.” (Éxodo 19:5–6, RVR1960)

La expresión “reino de sacerdotes” define la identidad misionera de Israel. Así como los sacerdotes en Israel servían de mediadores entre Dios y el pueblo —consagrados a su servicio, apartados para sus propósitos y comisionados para comunicar su bendición—, Israel en su conjunto debía funcionar como nación sacerdotal entre las naciones.⁶ No fueron elegidos por sí mismos, sino por amor al mundo. Su santidad no era aislamiento, sino distinción: una demostración visible y concreta de cómo es la vida cuando una comunidad vive bajo el reinado de Dios.

Esta vocación debía expresarse en tres dimensiones interconectadas. En primer lugar, Éxodo 19 establece el llamado de Israel a ser un pueblo modelo: una comunidad cuya existencia misma da testimonio del carácter de Dios.⁷ En segundo lugar, la ley dada en Éxodo 20–23 lo moldea como pueblo modelo, proporcionando el marco ético, social y litúrgico que haría visible su distinción. El propio Moisés declararía después que las naciones, al observar las leyes de Israel, dirían: “Ciertamente pueblo sabio y entendido, nación grande es esta” (Deuteronomio 4:6, RVR1960).⁸ En tercer lugar, la ceremonia del pacto en Éxodo 24 lo consagra como pueblo modelo, comprometido pública e irrevocablemente con su vocación sacerdotal.

La implicación misiológica es profunda. La misión de Israel era centrípeta: no estaba concebida para enviar misioneros hacia afuera, sino para atraer a las naciones hacia dentro, hacia el Dios de Israel, por el puro atractivo de una comunidad que vive en fidelidad y justicia.⁹ Las naciones debían acudir a Israel, atraídas por lo que veían de Dios en la vida de Israel. Esta dinámica centrípeta hallaría más tarde su expresión más magnífica en la oración de Salomón en la dedicación del templo, donde contempla al extranjero “que viniere de lejanas tierras a causa de tu nombre” (1 Reyes 8:41–43, RVR1960).


El fracaso de Israel y la fidelidad inquebrantable de Dios


La tragedia del Antiguo Testamento es que Israel no cumplió su vocación sacerdotal. En lugar de encarnar la santidad de Dios ante las naciones, Israel absorbió las prácticas de los pueblos vecinos: sus idolatrías, sus injusticias, su desprecio por los vulnerables. El profeta Ezequiel pronuncia el diagnóstico demoledor:

“Hijo de hombre, mientras la casa de Israel moraba en su tierra, la contaminó con sus caminos y con sus obras… Les esparcí por las naciones, y fueron dispersados por las tierras… Y cuando llegaron a las naciones adonde fueron, profanaron mi santo nombre, diciéndose de ellos: Estos son pueblo de Jehová, y de la tierra de él han salido.” (Ezequiel 36:17–20, RVR1960)

La acusación es severa: Israel no solo no glorificó el nombre de Dios entre las naciones, sino que lo profanó activamente. Su desobediencia no lo dañó solo a sí mismo; tergiversó la imagen de Dios ante los mismos pueblos a los que había sido llamado a bendecir.¹⁰ La nación sacerdotal se había convertido en un contratestimonio, y las naciones, al observar la conducta de Israel y sus consecuencias, sacaron exactamente las conclusiones equivocadas sobre el carácter del Dios de Israel.

Sin embargo, el mismo texto revela algo aún más asombroso que el fracaso de Israel: el compromiso inquebrantable de Dios con su propia misión. “No lo hago por vosotros, oh casa de Israel, sino por causa de mi santo nombre, el cual profanasteis vosotros entre las naciones adonde habéis llegado” (Ezequiel 36:22, RVR1960). La misión de Dios no depende de la fidelidad de Israel, sino de la suya propia. Él vindicará su nombre; restaurará a su pueblo; cumplirá lo que prometió a Abraham. La misión no fracasará, porque nunca estuvo, en última instancia, en manos humanas.¹¹


El cumplimiento de la misión en Cristo


La misión del Antiguo Testamento alcanza su cumplimiento definitivo en Jesús de Nazaret. En él se reúnen, se cumplen y se transforman todos los hilos de la narración veterotestamentaria: la promesa a Abraham, el pacto del Sinaí, la vocación sacerdotal, la esperanza profética, el sistema de sacrificios.

Jesús es la bendición prometida a Abraham, Aquel por medio de quien “todas las familias de la tierra” reciben la bendición de la salvación (Gálatas 3:8, 14). Es el sacerdote fiel que Israel fue llamado a ser pero no pudo llegar a ser: Aquel que media entre Dios y la humanidad no por la sangre de animales, sino por la ofrenda de sí mismo (Hebreos 4:14–16; 9:11–15). Es la encarnación de la ley de Israel, que cumple su intención más profunda y revela su propósito último (Mateo 5:17). Y establece un nuevo pacto, no con una sola nación, sino con un pueblo universal procedente de todo linaje, lengua y nación (Apocalipsis 5:9–10).¹²

En Cristo, la dinámica misionera experimenta también una transformación decisiva. La misión centrípeta del Israel veterotestamentario —atraer a las naciones hacia la morada de Dios— se convierte en la misión centrífuga de la iglesia neotestamentaria, que envía discípulos hacia afuera, hasta lo último de la tierra.¹³ La Gran Comisión (Mateo 28:18–20) no sustituye el pacto con Abraham; lo cumple. El mandato “haced discípulos a todas las naciones” es la realización escatológica de la promesa de que “serán benditas en ti todas las familias de la tierra”.


Conclusión


La misión del Antiguo Testamento revela a un Dios incansablemente comprometido con la redención del mundo: un Dios que bendice para enviar, que crea un pueblo para alcanzar a todos los pueblos y que permanece fiel aun cuando sus instrumentos fallan. Por medio de Abraham, Dios inició una misión de bendición universal. Por medio de Israel, encarnó esa misión en una comunidad sacerdotal. Por medio de los profetas, diagnosticó el fracaso y renovó la promesa. Y en Cristo, realizó lo que ni los descendientes de Abraham ni las estructuras de Israel podían lograr por sí solos.

Para quienes siguen hoy a Cristo, esta narración no es solo histórica: es vocacional. Somos herederos de la bendición de Abraham. Somos el real sacerdocio que Pedro describe, con el lenguaje mismo de Éxodo 19, como “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios”, llamado a anunciar “las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9, RVR1960). La misión que comenzó en Génesis 12 continúa por medio de nosotros, y llegará a su consumación cuando la promesa se cumpla plenamente: toda nación, toda tribu, toda lengua reunidas delante del Cordero.


Referencias


¹ Christopher J.H. Wright, The Mission of God: Unlocking the Bible's Grand Narrative (Downers Grove, IL: IVP Academic, 2006), 22–25. La tesis central de Wright es que toda la narración bíblica está estructurada por la misión de Dios, y que una hermenéutica misional ofrece el marco más completo para leer la Escritura como una historia unificada.

² Gordon J. Wenham, Genesis 1–15, Word Biblical Commentary, vol. 1 (Dallas, TX: Word Books, 1987), 275–277. Wenham identifica la quíntuple repetición de maldecir (hebreo: ʾārar y qālal) en Génesis 3:14; 3:17; 4:11; 5:29 y 9:25, y señala que la quíntuple bendición de Génesis 12:2–3 constituye una inversión deliberada de ese patrón.

³ Walter C. Kaiser Jr., Mission in the Old Testament: Israel as a Light to the Nations (Grand Rapids, MI: Baker Academic, 2000), 11–22. Kaiser sostiene que Génesis 12:1–3 es la “Gran Comisión” del Antiguo Testamento, que establece la trayectoria universal que rige el propósito redentor de Dios a partir de Abraham.

⁴ Wenham, Genesis 1–15, 277–278. El debate gramatical gira en torno a si el nifal weniḇrekû debe traducirse como pasivo (“serán bendecidas”) o como reflexivo (“se bendecirán”). Wenham sostiene que ambas dimensiones están presentes y que el texto contempla a las naciones recibiendo bendición por medio de la descendencia de Abraham y reconociendo esa bendición al asociarse con su Dios.

⁵ Brevard S. Childs, The Book of Exodus: A Critical, Theological Commentary, Old Testament Library (Philadelphia: Westminster Press, 1974), 360–366. Childs identifica en la estructura tripartita de Éxodo el reflejo de la constitución progresiva de Israel como comunidad del pacto: de la redención (1–18), por el pacto (19–24), a la presencia divina (25–40).

⁶ Wright, The Mission of God, 330–335. Wright desarrolla el concepto de Israel como reino sacerdotal por analogía con la función de los sacerdotes en Israel: así como el sacerdote media entre Dios y el pueblo, Israel media entre Dios y las naciones.

⁷ Kaiser, Mission in the Old Testament, 23–28. Kaiser subraya que el llamado de Israel era ser una nación modelo: una demostración visible e histórica del carácter y los propósitos de Dios ante el mundo que observa.

⁸ Deuteronomio 4:5–8. Véase también Roy Gane, Old Testament Law for Christians: Original Context and Enduring Application (Grand Rapids, MI: Baker Academic, 2017), 13–17. Gane, erudito adventista, sostiene que la ley mosaica no fue concebida como un fin en sí misma, sino como medio para formar a Israel en una comunidad cuya vida diera testimonio de la justicia, la misericordia y la santidad de Dios.

⁹ La distinción entre lo centrípeto y lo centrífugo en la misiología bíblica se desarrolla en David J. Bosch, Transforming Mission: Paradigm Shifts in Theology of Mission, ed. del 20.º aniversario (Maryknoll, NY: Orbis Books, 2011), 17–20. Bosch sostiene que la misión del Antiguo Testamento es ante todo centrípeta —las naciones son atraídas hacia Israel—, mientras que la del Nuevo Testamento pasa a ser predominantemente centrífuga: los discípulos son enviados hacia afuera, a las naciones. Con todo, ambas dinámicas siguen operando a lo largo de toda la Escritura.

¹⁰ G. K. Beale, The Temple and the Church's Mission: A Biblical Theology of the Dwelling Place of God (Downers Grove, IL: IVP Academic, 2004), 117–121. Beale sostiene que el fracaso de Israel en mantener la santidad del templo y de la tierra fue, al mismo tiempo, un fracaso en cumplir su comisión como pueblo sacerdotal cuya existencia misma debía extender la presencia de Dios hasta los confines de la tierra.

¹¹ Wright, The Mission of God, 105–109. Wright subraya que Ezequiel 36:22–32 revela el carácter, en última instancia, teocéntrico de la misión de Dios: Dios actúa “por causa de mi santo nombre”, no porque Israel merezca la restauración, sino porque su propio carácter y propósito la exigen. La misión se funda en la fidelidad de Dios, no en el desempeño de Israel.

¹² Richard Bauckham, Bible and Mission: Christian Witness in a Postmodern World (Grand Rapids, MI: Baker Academic, 2003), 27–36. Bauckham muestra cómo los autores del Nuevo Testamento —en especial Pablo, el autor de Hebreos y Juan en el Apocalipsis— interpretan a Cristo como cumplimiento de las categorías misioneras del Antiguo Testamento: la simiente de Abraham, el verdadero sacerdote, el mediador del nuevo pacto y el Cordero que compra para Dios personas de toda nación.

¹³ Bosch, Transforming Mission, 15–20. El marco centrípeto-centrífugo de Bosch ilumina la continuidad y la transformación entre la misión del Antiguo y la del Nuevo Testamento. La iglesia no reemplaza a Israel; hereda y amplía su llamado bajo las nuevas condiciones escatológicas inauguradas por la resurrección de Cristo y el derramamiento del Espíritu.

 
 
 

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