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ENSAYOS

Lecturas largas, no publicaciones

Eclesiología, escatología y la filosofía que sostiene el liderazgo apostólico: escrito con calma y escrito para ser debatido.

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El orden divino y el desafío del liderazgo profético en la Iglesia Adventista

hace 2 días
14 min de lectura


Introducción


La historia de la humanidad es, en su nivel más profundo, el relato de la lucha entre el orden y el desorden: entre la intención divina para la creación y las fuerzas que se le resisten. El filósofo Eric Voegelin dedicó la obra de su vida a demostrar que las grandes civilizaciones de la historia estuvieron constituidas por «experiencias de orden»: momentos en que la conciencia humana se abrió a la realidad trascendente y organizó la existencia individual y comunitaria en respuesta a ese encuentro.¹ Desde el antiguo pacto con Israel hasta el movimiento profético que llegó a ser la Iglesia Adventista del Séptimo Día, el llamado divino ha sido siempre establecer un orden que refleje el carácter de Dios, encarne sus propósitos y dé testimonio de su plan redentor.

Ese camino nunca ha sido sencillo. Toda comunidad constituida por una revelación fundante enfrenta el desafío de preservar la sustancia viva de esa revelación a lo largo de las generaciones, a través de los inevitables procesos de crecimiento institucional y cambio cultural. El riesgo es siempre el mismo: que las estructuras concebidas para servir a la revelación terminen por reemplazarla; que la institución se convierta en un fin en sí misma y el fuego profético que le dio origen se apague lentamente bajo el peso de la rutina administrativa. Una iglesia que pierde su identidad profética no deja de existir; simplemente se convierte en otra institución humana, que funciona, quizá con eficiencia, pero ya no animada por el propósito trascendente que la llamó a la existencia.²

Este ensayo sigue el paradigma revelatorio de Israel, examina su continuidad en la Iglesia Adventista y enfrenta el desafío permanente de sostener el liderazgo profético y la fidelidad escatológica en un movimiento que hoy es una compleja institución mundial.


Israel como paradigma revelatorio: el fundamento del orden divino


El antiguo Israel ocupa un lugar único en la historia de la salvación: no como una nación entre muchas, sino como una comunidad cuya existencia misma estaba constituida por la revelación divina. Voegelin lo reconoció con especial claridad: el surgimiento de Israel representó lo que él llamó un «salto en el ser», una irrupción hacia una forma radicalmente nueva de conciencia histórica, en la que un pueblo entendió su existencia colectiva como participación en un relato divino que abarcaba el pasado, el presente y el futuro de toda la creación.³

Israel no fue escogido por su fuerza militar ni por su peso demográfico, sino para un propósito que trascendía el interés nacional: ser «luz de las naciones» (Isaías 49:6), una encarnación visible de lo que es la comunidad humana cuando está ordenada por una relación de pacto con el Creador. El pacto del Sinaí estableció los términos de esa vocación con luminosa claridad:

«Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa» (Éxodo 19:5–6, RVR1960).

Este pasaje define la identidad de Israel mediante dos categorías complementarias. Como «especial tesoro» de Dios (segullâ), Israel recibió un favor divino singular: fue escogido, protegido y sostenido por la gracia del pacto. Como «reino de sacerdotes», Israel fue comisionado para el servicio: llamado a mediar entre Dios y las naciones, encarnando en su vida comunitaria la santidad, la justicia y la compasión del Dios que lo había redimido.⁴ Walter Kaiser ha sostenido que esta doble identidad —elección para el servicio, bendición en favor de otros— constituye el texto misionero fundacional del Antiguo Testamento y establece, desde Abraham en adelante, la trayectoria universal del propósito redentor de Dios.⁵

La historia de Israel, con sus alturas extraordinarias y sus fracasos devastadores, es una lección paradigmática sobre las consecuencias de la fidelidad y la infidelidad al orden divino. Cuando Israel vivía dentro del pacto —cuando su adoración era genuina, su justicia auténtica y su vida comunitaria estaba ordenada por la Torá—, cumplía su vocación de nación sacerdotal. Cuando se apartaba del pacto —cuando absorbía las idolatrías y las injusticias de las naciones vecinas—, no solo se dañaba a sí mismo, sino que profanaba el nombre de Dios ante los mismos pueblos a los que había sido llamado a bendecir (Ezequiel 36:17–23).⁶


La Iglesia Adventista y la continuidad profética


La Iglesia Adventista del Séptimo Día, surgida del crisol del Gran Chasco del 22 de octubre de 1844, se entiende a sí misma como una comunidad en continuidad directa con esa tradición profética. Los pioneros adventistas —mediante el estudio comunitario y perseverante de la Escritura, la reflexión en oración y el ministerio profético de Elena G. de White— llegaron a comprender su movimiento no como una invención humana, sino como una respuesta divinamente ordenada al momento escatológico en que se encontraban.⁷

La carta constitutiva de la iglesia es Apocalipsis 14:6–12 —los mensajes de los tres ángeles—, que dio al movimiento naciente un sentido claro de identidad, propósito y misión mundial. El mensaje del primer ángel —«Temed a Dios, y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado» (Apocalipsis 14:7, RVR1960)— estableció la urgencia escatológica como principio organizador de todo el movimiento. El segundo y el tercer mensaje intensificaron esa urgencia al identificar los peligros espirituales de los últimos días y llamar al pueblo de Dios a un testimonio fiel e intransigente.⁸

Esta autocomprensión escatológica no es una reliquia histórica de los orígenes del movimiento; es el rasgo definitorio de la identidad adventista. Los énfasis de la iglesia en la verdad bíblica, el sábado, la reforma pro salud, la educación y la evangelización mundial no son compromisos institucionales dispersos; son expresiones orgánicas de una comunidad que se entiende a sí misma como instrumento de Dios para preparar a un pueblo listo para encontrarse con su Señor.⁹ La estructura y la misión de la iglesia existen para facilitar esa proclamación urgente, y deben evaluarse continuamente según el grado en que efectivamente lo hacen.


La tensión entre institución y misión


A medida que todo movimiento profético crece y madura, desarrolla inevitablemente estructuras institucionales: marcos organizativos, procedimientos administrativos, sistemas financieros, instituciones educativas, casas editoras, redes de salud. Este proceso de institucionalización no es problemático en sí mismo; de hecho, es necesario para la supervivencia y la expansión del movimiento. La pregunta no es si institucionalizarse, sino si la institución sigue sirviendo a la misión o comienza a servirse a sí misma.¹⁰

El análisis de Voegelin sobre la relación entre experiencia e institución ofrece un marco diagnóstico penetrante. Sostuvo que, cuando una comunidad pierde contacto con las experiencias fundantes que constituyeron originalmente su orden —cuando el encuentro vivo con la realidad trascendente se desvanece y es sustituido por la adhesión rutinaria a formas heredadas—, el resultado es lo que llamó «simbolismo secundario»: la conservación de símbolos cuya sustancia experiencial se ha evaporado.¹¹ La comunidad sigue hablando el lenguaje de sus orígenes, mantiene los ritos de su período fundacional y afirma las doctrinas de su tradición, pero el encuentro vivo con Dios que generó esas expresiones ha sido reemplazado silenciosamente por el hábito institucional.

Para la Iglesia Adventista, este análisis tiene una urgencia particular. Los síntomas del desplazamiento institucional no son difíciles de identificar: cuando las reuniones organizativas se convierten en ejercicios de cumplimiento procedimental y no en ocasiones de discernimiento espiritual; cuando el ascenso profesional dentro del sistema denominacional motiva más que la vocación misionera; cuando las consideraciones presupuestarias se imponen sistemáticamente a los imperativos misioneros; cuando la cultura institucional de la iglesia se parece más a una burocracia corporativa que a una comunidad profética.¹²

Elena G. de White diagnosticó este peligro con su característica franqueza: «La Iglesia es el medio señalado por Dios para la salvación de los hombres. Fué organizada para servir, y su misión es la de anunciar el Evangelio al mundo».¹³ Las implicaciones de esta definición son exigentes: la iglesia está organizada para servir y existe para la misión. Todo arreglo —estructural, financiero, cultural o político— que no sirva a ese propósito se ha desviado de la razón de ser de la iglesia.

Una iglesia que sirve más a sus estructuras que al mundo ha invertido su llamado. Esa inversión no ocurre de manera repentina ni dramática; se produce gradual e imperceptiblemente, a través de miles de pequeñas decisiones en las que se prefiere la conveniencia institucional al riesgo misionero, la estabilidad administrativa a la obediencia profética y el interés propio de la organización al avance del reino.


El gobierno representativo: la estructura al servicio de la misión


La Iglesia Adventista funciona con una forma representativa de gobierno, un sistema concebido para asegurar una amplia participación, impedir la concentración de poder y mantener la rendición de cuentas en todos los niveles.¹⁴ Esta estructura, organizada en cuatro niveles ascendentes (iglesia local, asociación/misión, unión, Asociación General), refleja precedentes bíblicos de liderazgo compartido y toma de decisiones comunitaria. El concilio de Jerusalén de Hechos 15 —donde apóstoles, ancianos y la comunidad en general se reunieron para resolver una cuestión teológica crucial mediante la deliberación, el testimonio y la apelación a la Escritura— ofrece el modelo paradigmático.¹⁵

La Asociación General, como máximo órgano administrativo, es responsable de fijar las políticas y las orientaciones estratégicas mundiales. El plan estratégico «Iré» (2020–2025) ejemplificó el esfuerzo de la iglesia por alinear sus recursos institucionales con su misión escatológica, con énfasis en la participación total de los miembros, el alcance de los grupos de personas no alcanzados y la integración de la formación espiritual con la planificación estratégica.¹⁶ Al entrar la iglesia en su siguiente ciclo de planificación, los principios articulados en esa iniciativa —en particular la insistencia en que todo miembro bautizado es un misionero— deben profundizarse, no abandonarse.

Sin embargo, la eficacia de cualquier estructura representativa no depende solo de su diseño, sino del carácter de quienes actúan dentro de ella y de la cultura que la impregna. Un sistema representativo ocupado por líderes cuya formación principal es administrativa y no espiritual, cuya lealtad principal es institucional y no misionera, y cuyo criterio principal de decisión es procedimental y no profético, producirá decisiones que reflejen esas prioridades, por cuidadosamente que se haya construido el organigrama.¹⁷

El sistema representativo adventista, cuando funciona como se concibió, es un notable instrumento de gobierno compartido: impide el autoritarismo, distribuye la responsabilidad y da voz a todo el cuerpo de creyentes en una feligresía mundial vasta y diversa. Cuando deja de funcionar así —cuando queda capturado por la inercia burocrática, la maniobra política o el interés propio de quienes están dentro de la institución—, no requiere ser abolido, sino reformado: un regreso a los fundamentos espirituales que le dieron propósito.


Restauración profética: el regreso a los fundamentos


El llamado a la restauración profética no es un llamado a la revolución institucional. Es un llamado a recuperar las experiencias y convicciones fundantes que constituyen la identidad adventista: un regreso a las fuentes, no en el sentido de una repetición nostálgica, sino de un reencuentro vivo con el Dios que llamó a este movimiento a la existencia.

Esta restauración implica varias dimensiones interrelacionadas. La primera es un compromiso renovado con el sacerdocio de todos los creyentes: la convicción bíblica de que todo miembro del cuerpo de Cristo está llamado al ministerio activo, no solo a la participación pasiva en programas institucionales.¹⁸ La declaración del apóstol Pedro —«Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1 Pedro 2:9, RVR1960)— hace eco del pacto del Sinaí y lo aplica a toda la comunidad del Nuevo Testamento. Si la Iglesia Adventista toma en serio este principio, debe organizarse no como una institución centrada en el clero, sino como una comunidad movilizada en la que cada creyente es capacitado, empoderado y enviado para la misión.

La segunda dimensión es un giro decisivo en la cultura institucional: del mantenimiento a la misión. Esto no significa abandonar la competencia administrativa; una organización mundial con más de 22 millones de miembros requiere una gestión eficaz. Significa asegurar que la competencia administrativa esté siempre subordinada al propósito misionero, que cada decisión institucional se evalúe por su contribución a la misión escatológica y que la cultura de liderazgo de la iglesia priorice el discernimiento espiritual sobre la eficiencia procedimental.¹⁹

La tercera dimensión es la formación de líderes que encarnen un carácter profético: líderes que se distingan no principalmente por su habilidad organizativa, sino por su integridad espiritual, su sabiduría bíblica, su valentía moral y una experiencia genuina de comunión con Dios. A mi juicio, la identidad de la Iglesia Adventista siempre ha estado moldeada por la tensión entre sus orígenes carismáticos y proféticos y su desarrollo institucional.²⁰ Los líderes formados en las disciplinas de la interioridad —la oración perseverante, el estudio profundo de la Escritura, la atención al Espíritu de Profecía y una genuina rendición de cuentas— estarán preparados para sobrellevar esa tensión con la madurez espiritual que exige.

La cuarta dimensión es el cultivo de la conciencia escatológica en toda la comunidad. La Iglesia Adventista no es simplemente otra denominación con un conjunto distintivo de creencias; es un movimiento profético que vive en la tensión entre el «ya» de la primera venida de Cristo y el «todavía no» de su regreso. Esta conciencia escatológica —la percepción viva de que la historia avanza hacia una consumación divinamente señalada y de que la iglesia existe para preparar a un pueblo para ese acontecimiento— es el centro vital de la identidad adventista.²¹ Cuando esa conciencia se debilita, la iglesia se vuelve indistinguible de cualquier otra organización religiosa. Cuando se renueva, la iglesia recupera su propósito y su poder distintivos.


Conclusión


El camino de la Iglesia Adventista del Séptimo Día —desde sus orígenes proféticos en el crisol de la experiencia de 1844 hasta su realidad actual como compleja institución mundial— está definido por la tensión entre revelación y rutinización, entre fuego profético e inercia institucional. Esta tensión no es un problema que resolver, sino una dinámica que gestionar con discernimiento espiritual, claridad teológica y valentía institucional.

El orden divino que constituyó al antiguo Israel —relación de pacto con Dios, vocación sacerdotal hacia el mundo, vida comunitaria ordenada por la verdad revelada— encuentra su continuación escatológica en la Iglesia Adventista. Pero esa continuidad no es automática: debe elegirse activamente, cultivarse con deliberación y defenderse con valentía frente a las fuerzas siempre presentes del ensimismamiento institucional.

La iglesia que recuerda sus orígenes —que vive en continuidad consciente con las experiencias fundantes que la llamaron a la existencia— hallará los recursos para afrontar los desafíos del presente y del futuro. La iglesia que olvida sus orígenes —que sustituye la conciencia profética por el hábito institucional— irá perdiendo la identidad misma que la hace distintiva. La elección entre estos dos caminos no se hace una sola vez, sino cada día: en cada junta, en cada decisión presupuestaria, en cada nombramiento de liderazgo y en cada reunión de la congregación.

Que la Iglesia Adventista elija el camino de la fidelidad profética: el de un pueblo que sabe por qué existe, que sirve al Dios que lo llamó y que vive en la expectativa urgente del reino cuya venida da sentido a todo lo que es y hace.


Preguntas para la reflexión


¿Está nuestra iglesia priorizando realmente su misión escatológica, o el mantenimiento institucional se ha convertido en la prioridad operativa, aunque no se reconozca?

¿Cómo sostenemos la tensión creativa entre la necesidad de una organización eficaz y el imperativo de la vitalidad profética?

¿Estamos representando de verdad el carácter de Dios ante el mundo mediante nuestra vida comunitaria, o la distancia entre lo que profesamos y lo que practicamos se ha convertido en un contratestimonio?

¿Qué significa ser el Israel espiritual en el siglo XXI: una comunidad sacerdotal llamada a mediar la presencia y la verdad de Dios ante las naciones?


Referencias


¹ Eric Voegelin, The New Science of Politics: An Introduction (Chicago: University of Chicago Press, 1952), 27–75. El argumento central de Voegelin es que el orden político y social está constituido por la participación de la humanidad en la realidad trascendente, y que la crisis moderna es fundamentalmente una crisis de esa conciencia participativa.

² Voegelin, The New Science of Politics, 107–132. El análisis de Voegelin del «simbolismo secundario» —el fenómeno por el cual los símbolos generados por experiencias vivas del orden trascendente se conservan después de que las experiencias que los animaban se han desvanecido— ofrece un marco diagnóstico preciso para comprender cómo los movimientos proféticos pueden perder su sustancia mientras conservan su forma.

³ Eric Voegelin, Order and History, Vol. 1: Israel and Revelation (Baton Rouge: Louisiana State University Press, 1956), 111–133. Voegelin describe el surgimiento de Israel como un «salto en el ser»: una irrupción hacia un modo radicalmente nuevo de conciencia histórica, constituido por la experiencia de la revelación divina. Israel entendió su existencia no como una empresa política, sino como participación en un relato ordenado por Dios.

⁴ Christopher J.H. Wright, The Mission of God: Unlocking the Bible's Grand Narrative (Downers Grove, IL: IVP Academic, 2006), 330–335. Wright desarrolla las implicaciones misiológicas de la identidad de Israel como «reino de sacerdotes» y sostiene que esa vocación estaba intrínsecamente orientada hacia fuera: Israel no existía para sí mismo, sino para las naciones.

⁵ Walter C. Kaiser Jr., Mission in the Old Testament: Israel as a Light to the Nations (Grand Rapids, MI: Baker Academic, 2000), 11–22. Kaiser sostiene que el pacto abrahámico (Génesis 12:1–3) establece la trayectoria universal del propósito redentor de Dios y que Éxodo 19:5–6 le da su expresión corporativa y nacional.

⁶ La acusación profética contra Israel por no cumplir su vocación sacerdotal es un tema recurrente en todo el corpus profético. Ezequiel 36:17–23 ofrece quizá el diagnóstico más completo: la infidelidad de Israel no solo lo dañó a él mismo, sino que profanó activamente el nombre de Dios entre las naciones, produciendo un contratestimonio del Dios cuyo carácter Israel estaba llamado a representar. Véase G. K. Beale, The Temple and the Church's Mission: A Biblical Theology of the Dwelling Place of God (Downers Grove, IL: IVP Academic, 2004), 117–121.

⁷ George R. Knight, A Search for Identity: The Development of Seventh-day Adventist Beliefs (Hagerstown, MD: Review and Herald Publishing Association, 2000), 15–22. Knight sigue el desarrollo teológico del movimiento adventista primitivo desde el período posterior al Chasco hasta la consolidación de sus doctrinas fundamentales, subrayando el papel del estudio comunitario de la Biblia y del ministerio profético de Elena G. de White en la formación de la identidad distintiva del movimiento.

⁸ Jon Paulien, The Deep Things of God: An Insider's Guide to the Book of Revelation (Hagerstown, MD: Review and Herald Publishing Association, 2004), 113–132. Paulien ofrece un análisis exegético cuidadoso de Apocalipsis 14:6–12 y muestra cómo los mensajes de los tres ángeles funcionan como un llamado culminante a la fidelidad al pacto en la crisis escatológica.

⁹ Richard W. Schwarz y Floyd Greenleaf, Light Bearers: A History of the Seventh-day Adventist Church, ed. rev. (Nampa, ID: Pacific Press Publishing Association, 2000), 57–100. Schwarz y Greenleaf siguen el desarrollo de los énfasis distintivos de la Iglesia Adventista —sábado, santuario, reforma pro salud, educación, misión— como expresiones orgánicas de su autocomprensión escatológica y no como compromisos institucionales inconexos.

¹⁰ Las dinámicas sociológicas de la institucionalización en los movimientos religiosos han sido ampliamente estudiadas. El análisis fundacional sigue siendo la teoría de Max Weber sobre la «rutinización del carisma»: el proceso por el cual la energía espontánea, guiada por el Espíritu, de un movimiento fundador se canaliza progresivamente en formas institucionales estables. Véase Max Weber, Economy and Society: An Outline of Interpretive Sociology, ed. Guenther Roth y Claus Wittich (Berkeley: University of California Press, 1978), 246–254.

¹¹ Voegelin, The New Science of Politics, 107–132.

¹² Howard A. Snyder, The Problem of Wineskins: Church Structure in a Technological Age (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1975), 17–19. La advertencia de Snyder sobre las estructuras que se convierten en fines en sí mismas ofrece una formulación concisa del peligro que diagnostica el análisis filosófico, más complejo, de Voegelin.

¹³ Elena G. de White, Los Hechos de los Apóstoles, 9 (HAp 9.1, ed. 1957, según EGW Writings); original en inglés: The Acts of the Apostles (Mountain View, CA: Pacific Press Publishing Association, 1911), 9.

¹⁴ Seventh-day Adventist Church Manual, 19.ª ed. (Hagerstown, MD: Review and Herald Publishing Association, 2016), 26–30. La estructura representativa de cuatro niveles está diseñada para distribuir la autoridad, asegurar la rendición de cuentas e impedir la concentración de poder en un único nivel organizativo.

¹⁵ El concilio de Jerusalén de Hechos 15 es ampliamente reconocido como el modelo paradigmático de toma de decisiones conciliar en la tradición cristiana. Su proceso —con testimonio, argumentación teológica, apelación a la Escritura y discernimiento comunitario— ofrece el patrón esencial del sistema representativo adventista. Véase Elena G. de White, The Acts of the Apostles, 190–200 (en español: Los Hechos de los Apóstoles, cap. 19).

¹⁶ Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, I Will Go: Strategic Plan 2020–2025 (Silver Spring, MD: General Conference of Seventh-day Adventists, 2020). El plan articuló objetivos en torno a tres ejes —misión, crecimiento de los miembros y uso de los recursos—, con especial énfasis en la Participación Total de los Miembros y el alcance de los grupos de personas no alcanzados.

¹⁷ Stanley Hauerwas, Character and the Christian Life: A Study in Theological Ethics (San Antonio: Trinity University Press, 1975), 1–28. El argumento de Hauerwas de que el carácter es anterior y más fundamental que las decisiones individuales se aplica directamente al liderazgo institucional: el carácter de quienes ocupan un sistema determina su funcionamiento real mucho más que su diseño formal.

¹⁸ La doctrina del sacerdocio de todos los creyentes se afirma en la Creencia Fundamental n.º 17 («Los dones y los ministerios espirituales»), recogida en el Seventh-day Adventist Church Manual, 19.ª ed., 171–172. Texto oficial en español: «Dios concede a todos los miembros de su iglesia, en todas las épocas, dones espirituales para que cada miembro los emplee en amante ministerio por el bien común de la iglesia y de la humanidad» (institucional.adventistas.org).

¹⁹ Avery Dulles, Models of the Church, ed. ampliada (Nueva York: Doubleday, 2002), 26–46. La identificación que hace Dulles de cinco modelos complementarios de iglesia ofrece un marco diagnóstico para reconocer cuándo el modelo institucional ha desplazado las demás dimensiones esenciales de la vida eclesial.

²⁰ La tensión entre los orígenes carismáticos del movimiento y su desarrollo institucional es una lectura propia de la historia adventista. La había atribuido a George R. Knight, A Search for Identity, 182–189, pero la presento aquí como mía, sin tomar prestada su autoridad. Lo esencial es que esa tensión debe gestionarse con madurez espiritual, en lugar de resolverse colapsándola en una u otra dirección.

²¹ Elena G. de White, The Great Controversy Between Christ and Satan (Mountain View, CA: Pacific Press Publishing Association, 1911), 635–652 (en español: El conflicto de los siglos), para la visión escatológica que anima al movimiento adventista.

 
 
 

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